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By Huber Matos

El triunfo de los angeles Revolución cubana culminó en 1959 con los angeles entrada en l. a. Habana de l. a. guerrilla victoriosa. Tres comandantes encabezaban los angeles marcha: Fidel Castro, flanqueado por Camilo Cienfuegos y Huber Matos. Nueve meses más tarde, este último caía en desgracia y, tras un juicio sumario, period condenado a veinte años de cárcel, que cumplió íntegramente. Cómo llegó los angeles noche, de un «indiscutible valor testimonial» según el jurado, ha obtenido el XIV Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias, y es un honor para Tusquets Editores tener l. a. oportunidad de dar l. a. palabra a un testigo privilegiado de uno de los acontecimientos más controvertidos y mitificados del siglo xx, cuya voz disidente quedó injustamente silenciada. Muerto Cienfuegos en un accidente de aviación nunca esclarecido, de l. a. célebre fotografía triunfal sólo Castro queda en los angeles isla, en el poder desde hace más de cuarenta años...

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Por qué soy masón : la masonería al descubierto

L. a. Masonería es una de las instituciones que más debate y polémica han provocado desde su constitución moderna en 1717. Acusada por unos de ser un grupo de poder, y valorada por otros como una fraternidad poseedora de altos valores sociales y filosóficos, lo cierto es que sus integrantes l. a. definen como una Orden iniciática, y entre sus miembros, tanto en el presente como en el pasado, se cuentan muchos de los personajes más importantes de l. a. historia.

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Pido ayuda. Isabel y el viceministro Azofeifa vienen en mi auxilio. Entre risas y cariñosa compasión quedo afeitado. Fracaso nuevamente al vestirme con un traje que me han traído mis primas. No acierto a abrocharme el pantalón cuyo cierre es de ganchos metálicos y cremallera. No tiene botones como mi uniforme presidiario y los pantalones de antes... ¿Tendré que pedir ayuda otra vez para una pamplina como ésta? Parece que el presidio me ha marcado haciendo de mí una pieza obsoleta; de nuevo me asisten.

La tensión comienza a ceder en mí. Me doy cuenta de que para estos hombres libres no es muy fácil comprender a un preso que regresa de unas cuevas donde ha estado sepultado en vida por dos décadas. —Venga para que se asee —me dice el diplomático—, después desayunaremos. ¿Tiene usted hambre? —Sí, bastante. —Pues coma algo primero, vamos a la mesa. Acepto. Los cuatro costarricenses, mis primas y yo nos sentamos a la mesa, muy pulcra y bien preparada. Dos sirvientes, hombre y mujer, nos traen un desayuno abundante y exquisito.

Vuelvo al Instituto, donde me aguarda una sorpresa. Contrario a lo acordado con el director, las puertas del plantel están cerradas imposibilitando la celebración de la asamblea en el recinto. Probablemente el amigo Sierra teme a las represalias. Uno de los nuestros propone forzar las puertas. —¡Vamos, vamos, echémoslas abajo! —gritan muchos alumnos, entusiasmados con la idea. Pero es absurdo violentar esta casa de estudios para protestar por el uso de la fuerza contra los derechos del pueblo. Propongo en cambio celebrar la asamblea aquí frente al Instituto, utilizando como tribuna una acera alta.

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